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viernes, agosto 19, 2022

EL NIÑO HUÉRFANO Y LA PANDEMIA

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Todas las noches cuando el niño se despertaba se sentaba sobre su cama, en medio de las tinieblas y del silencio infinito, juntaba sus manos y le pedía a Dios que le devuelva a su madre. Otras tardes solitarias cuando solía visitarle las penas se iba a su cuarto y envuelto en un llanto inconsolable volvía a pedirle al Creador que le vuelva la vida a su mamá Josefa.

Ya han pasado seis meses desde que Josefa, la única persona con la que el niño Lucas vivía, partió a la eternidad para nunca volver. Sus abuelos maternos no los querían, ni a él ni a su madre. Se habían opuesto hasta la muerte a su relación con un hombre con familia, el hombre que hoy es su padre, con diversas advertencias y serias amenazas. Pero Josefa, cegada por el amor prohibido, no les hizo caso y siguió adelante con la relación; incluso un día, harta de tanta reprimenda, cogió sus cosas, salió de la casa y se fue a vivir sola.

Sus recuerdos permanecen vivos en su memoria hasta hoy, a pesar de los escasos cinco años que tiene. Su madre estuvo enferma durante un año, aquejada por un persistente dolor de cabeza y una secuela de parálisis que la atacó seguramente por la cólera por las constantes discusiones y resentimiento con sus padres. Una fría madrugada no soportó más y se fue de este mundo dejándolo a Lucas en total orfandad. A las 5 de la mañana el niño tuvo que dar aviso que su mamá se estaba muriendo a una vecina.

Su padre José no vivía con él ni con Josefa. Tenía otro matrimonio aunque cada semana lo visitaba y atendía sus necesidades y también lo engreía. Por eso el día que se quedó huérfano no tuvo más remedio que venirse con él a Cajamarca. Pero José tenía un matrimonio frío y en ruinas. De modo que Lucas fue entregado a Daniela, la hermana menor de José, que se mantiene sin compromiso y sin hijos, y aún vive en la casa paterna. En el nuevo hogar, la abuelita Antonia, siempre jovial, siempre amorosa, siempre risueña, le prodigaba cariño y atenciones diversas viéndolo tan menudito, tan frágil, tan solitario, al pobre huerfanito. Se condolía y también lloraba en silencio y a escondidas mirándolo y pensando en su orfandad tan inusitada y tan prematura.

Pero un día el Covid la visitó, la atacó con una agresividad inusual y ocho días después, luego de una lucha desigual, también la llevó al otro mundo. En esos fragores por salvarle la vida a la abuelita, la tía Daniela también se contagió y todavía sigue luchando por volver a la vida.

La tarde cae como otras veces y la lluvia arrecia sobre los techos y se tiende sobre las colinas de enfrente de Cajamarca. El agua terrosa corre por la calle llevándose la basura acumulada en el día. ¿Qué será de la vida de Lucas, pienso, viéndolo correr y jugar junto a otro niño, también casi en abandono por la rotura de la relación entre sus padres? ¿Qué pasará si algo le sucede a su padre también flagelado por la pandemia y la descomposición familiar? ¿Qué será de su vida si a la tía Daniela le pasa algo? Un nudo de tristeza y de compasión me carcome el pecho y la garganta, mientas camino deseándole bendición… Las sombras de la noche se acercan, varios transeúntes se guarecen en la vereda; el mundo y el tiempo no reparan en tristezas ni tragedias y siguen su curso imparable…

El Mercurio, Abril 2021.

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