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lunes, agosto 15, 2022

CÉSAR VALLEJO EN EUROPA

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Por: Francisco Martínez Hoyos, doctor en Historia

En más ocasiones de las que nos gustaría, el tópico de que nadie es profeta en su tierra resulta una verdad incontestable. El poeta César Vallejo (1892-1938) fue uno de tantos intelectuales latinoamericanos que viajó a Europa en busca de nuevos horizontes. España, una nación subdesarrollada, le pareció un país de terrible pobreza. Madrid tampoco le provocó una impresión demasiado favorable: el sol y el arroz valenciana no pueden compensar todo lo que hay en la capital “de aburrido, de vacío y de aldeano”. Si pretendía abrirse paso como escritor, estaba claro que no se hallaba en el punto adecuado sino en una sociedad en la que la meritocracia brillaba por su ausencia. El talento, a falta de una buena red de influencias, servía de muy poco: “España, según creo, es un país de recomendaciones. Sin éstas no se logra nada”.

En París, Vallejo vivió en una continua miseria. Su correspondencia está llena de peticiones de dinero a sus amigos, siempre acuciado por la falta de fondos con lo que pagar lo más indispensable. A la patrona de su hotel, por ejemplo, llega a deberle cerca de dos mil francos. Aunque promete devolver los préstamos, su desastrosa situación financiera le impide cumplir con su palabra. Depende, para sobrevivir, de la buena voluntad ajena y de lo que gana con sus colaboraciones periodísticas. Busca, sobre todo, la manera de encontrar ingresos fijos. ¿Cómo alcanzarlos? Esa es la gran cuestión…

El problema es que las revistas para las que trabaja acostumbran a pagar mal y tarde, si es que pagan. Se encuentra, por tanto, en la más absoluta indefensión. Si una publicación de América Latina no le envía las cantidades prometidas, él, desde Francia, no puede hacer nada. “¿Hay derecho para robar así a un hombre pobre y enfermo?”, se lamenta sumido en la desesperación.

Su estado de salud es, en efecto, lamentable. Cuando toca fondo, permanece postrado durante semanas, incapaz de escribir y hasta de pensar. El estómago, el corazón y los pulmones no le funcionan como deberían. Ni siquiera puede dormir. “Estoy hecho un cadáver”, confiesa sumido en la debilidad más absoluta.

De todas formas, pese a las continuas penalidades, acepta su situación. Lleva la vida ha escogido vivir por más que el sufrimiento pueda ser, en ocasiones, inenarrable: “me parece que yerro al buscar la seguridad económica o, al menos, el pan a su hora y el agua a su hora”. Por más que se encuentre un día sí, y otro también, al borde del abismo, en realidad se siente un privilegiado. Tiene la gran suerte de dejar atrás “el mísero ambiente peruano” y siente que eso, en sí mismo, ya supone un motivo de orgullo: “El vivir fuera de Lima constituye ya un éxito para nosotros”. No se queja, suceda lo que suceda, de sufrir un infausto destino. Otra existencia no solo sería inconcebible sino indeseable: “No conozco los caminos que llevan a la comodidad y a la dicha; y nunca los he recorrido. Así, pues, todo está muy bien como está”.

Mientras tanto, vivía aislado respecto a lo que sucedía en su país, que contempla con ojos cada vez más desencantados. En 1930, tras el fin del mandato del presidente Leguía, comenta que nada ha cambiado ni cambiará.

Para Vallejo, el triunfo electoral de la izquierda española, en febrero de 1936, supuso una agradable sorpresa. Por lo que había leído en la prensa y le contaba su amigo Juan Larrea, el éxito de la derecha estaba cantado. Poco después, estalla la guerra civil. Nuestro poeta apostó entonces por la causa de la República, que a sus ojos equivalía a la “sagrada” causa del pueblo. Este compromiso con el antifascismo se plasmará en un libro tan memorable como emocionante, España, aparta de mi este cáliz, una obra que alcanzó una formidable altura a diferencia de tantas composiciones políticas de la época, en las que el rigor de la forma cedía ante la urgencia del contenido. Ricardo Silva-Santisteban, en el prólogo a sus Poesías completas (Visor, 2008), señala que nuestro protagonista no canta una revolución ni una ideología sino “la grandeza del hombre que ha optado por una causa justa, el heroísmo de un pueblo que prácticamente no necesita dirigentes porque su unión se realiza en forma espontánea”.

El Mercurio, Diciembre de 2021.

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