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lunes, agosto 15, 2022

EL BUFÓN LIBERAL

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Por: Francisco Martínez 

Le descubrí en la televisión peruana, cuando le hizo una entrevista llena de surrealismo al “Mero Loco”, por entonces pareja de la vedette Susy Díaz. Nunca había visto un programa así, con un presentador de traje y corbata que ponía los inmensos recursos de su brillantez verbal al servicio de un asunto tan frívolo. A partir de aquí, a mi regreso a España, me interese por sus novelas. Descubrí en Jaime Bayly a un escritor dotado, capaz de construir tramas absorbentes con personajes atractivos y un humor siempre punzante, en lo que podríamos definir, valga la paradoja, como “naturalismo esperpéntico”. El inconveniente es que sus libros acostumbran a girar en torno a un alter ego con problemas con la sexualidad y las drogas. Sus protagonistas, escritores vocacionales, consentían en trabajar para la pequeña pantalla porque de algún modo tenían que financiar el hedonismo de su elevado tren de vida. Aunque él rechazara las similitudes entre la ficción y la vida real, resultaban demasiado obvias para descartarlas así como así.

¿Pereza propia de un narcisista que prefiere girar sobre sí mismo a crear mundos ajenos? Tal vez no. Tal vez Bayly se limita a ser fiel a su particular poética, convencido de que cualquier literato es, por definición, un ególatra que no hace más que levantar, con su trabajo, un monumento a su mayor gloria y, de paso, evitarse las molestias de una ocupación prosaica. El lector, por desgracia, se queda con la impresión de que, por falta de ambiciones, desperdicia su talento en fruslerías.

Aunque ha coqueteado con la derecha y con la izquierda, es obvio que tiene más afinidades con la primera desde un liberalismo que, paradójicamente, predica con un dogmatismo bien poco liberal. Llegó a pensar en postularse para la presidencia, una idea que, seguramente, tuvo más de estrategia circense que de proyecto serio. Supongamos, por un momento, que lo hubiera conseguido. ¿No habría resultado un tanto extraño un mandatario con un concepto tan pobre de su propio país? Una cosa es el sentido crítico ante todo lo que no funciona y otra el desprecio puro y duro.

En El escritor sale a matar, la primera parte de la trilogía Morirás mañana, Bayly retrata Perú como el espacio del caos y de la chapuza. Su ironía corrosiva apunta, en especial, contra la prensa, el reino por excelencia de la mentira. Su protagonista, Javier Garcés, ha decidido liquidar a cinco de sus enemigos. Cuando acaba con el crítico literario Hipólito Luna, al que odia solo por escribir contra sus libros, los periódicos compiten en alardes sensacionalistas. Luna habría muerto por algún lío de faldas, no por el despecho de un autor demasiado susceptible herido en su amor propio. La policía, a su vez, se toma el crimen con la misma desgana. Los agentes no piensan, ni por un momento, en investigar más allá de las apariencias. Por algo están dirigidos por mandos que parecen “oligofrénicos” o “grandes holgazanes” que solo se dignan a trabajar si alguien les soborna para que solucionen un caso. Los supuestos servidores de la ley se distinguen, siempre, por su ineptitud. La delincuencia, por el contrario, sería la salida natural para los tipos inteligentes.

¿Cómo interpretar esta falta de respeto por las fuerzas del orden? Garcés no deja de ser un blanco bien situado, lo mismo que Marta Balboa, la viuda de una de sus víctimas, que nos ofrece un claro ejemplo de cómo la mentalidad de las clases privilegiadas opera a partir de categorías raciales: “Los cholos de la policía son más brutos que una pared”. El cholo, es decir, el mestizo, aparece así cargado de connotaciones negativas.

Perú vendría a ser el paraíso de la incompetencia. Por ello, no es que el tuerto sea rey en el país de los ciegos sino que los propios ciegos son los que triunfan en un mundo distópico en el que impera la estupidez. Bayly, por sus compatriotas, no parece sentir sino el más profundo de los rechazos. Los peruanos sería criaturas abyectas que malviven entre el miedo y la sumisión, incapaces de sacudirse sus complejos de inferioridad. ¿Qué hacer, pues, ante tanto desastre? Da la impresión de que el protagonista, Garcés, prefiere refugiarse en la ironía para impedir que lo carcoma la amargura: “Por eso no me iré nunca del Perú, porque los tontos son tan tontos que resultan divertidos”.

El Mercurio, Diciembre de 2021.

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